Michel Foucault, otra forma de ser filósofo. Fernando Savater.

Michael Foucault tal vez no sea lo que tradicionalmente se considera un filósofo. Pero, en nuestra época, la idea de “filósofo a la clásica” irremediablemente ha cambiado. Hoy, aquellos que hacen filosofia también se dedican a la sociología, la economía y la literatura. Son ensayistas, observadores y estimuladores de la reflexión humana. En ese sentido son filósofos. Y así fue Foucault, un gran escritor, un estilista singular, un finísimo y minucioso analista de ideas y detalles profundos, lo que a veces hace correr el riesgo al lector de perder de vista el conjunto, el panorama completo. Por otra parte, Foucault fue un hombre carismático cuya influencia se ejercía de una manera particular. Activista político que se involucró no solamente en las grandes e históricas causas políticas, sino en todos los nuevos temas que han ido surgiendo en las últimas décadas del siglo XX. Foucault escribió sobre la situación de los homosexuales, de los presos y de los enfermos mentales, transformando esos temas, hasta ese momento marginales, en bibliografia obligatoria de cualquier universidad del mundo.

DE LA ANGUSTIA AL SABER

Paul Michel Foucault nació en 1926 en Poitiers, una ciudad provinciana del interior de Francia. Era hijo de un prestigioso cirujano y fue el segundo de tres hermanos. Durante su infancia resultó un excelente estudiante. En su ingreso a la adolescencia comenzó a sufrir profundas crisis personales asociadas a su identidad sexual, cambió frecuentemente de colegios y llegó a pensar seriamente en suicidarse. Al ir descubriendo su homosexualidad se sentía condenado a una vida infeliz y atormentada. Ésta era la causa de sus habituales depresiones. Al terminar sus estudios secundarios ingresó en la Escuela Normal Superior de París. Durante ese período, sus importantes y crecientes pozos depresivos le obligaron a recurrir a una asistencia psiquiátrica rigurosa. A partir de ese tratamiento logró recomponer su personalidad, asumir su sexualidad y alcanzar el equilibrio emocional. Demostró entonces una gran brillantez en sus estudios. Foucault obtuvo su licenciatura en Filosofia en 1948, y en Psicología en 1950. En 1952 se recibió además de psicopatólogo; su tesis, Enfermedad mental y personalidad, fue publicada en 1954 y recibió una buena recepción en los ambientes académicos. Con ese antecedente, Foucault consiguió una cátedra en la Universidad de Upsala, en Suecia. Pasó luego por la Universidad de Varsovia y de Hamburgo y retornó a Francia en 1960, asumiendo la dirección del Departamento de Filosofia en la Universidad de Clermont-Ferrand. Un año más tarde, Foucault conoció a Daniel Defert, un estudiante que pronto se convertiría en el amor de su vida. Ese mismo año publicó uno de sus libros más importantes, “Historia de la locura en la época clásica”, con el que abrió el primer período de su obra y que presentó como tesis de doctorado. Allí analiza la experiencia discursiva en torno de la locura, el imaginario anudado alrededor de la figura del loco y las estrategias sociales para hacer invisible la locura. A esta etapa también pertenecieron, entre otros escritos, El nacimiento de la clínica, Las palabras y las cosas y La arqueología del saber. Este momento de su trabajo, que se extendió entre 1961 y 1968, fue designado luego por el propio Foucault como “etapa arqueológica”, porque la tarea asumida es la de excavar capas, al modo de los arqueólogos, para estudiar los modos históricos de configuración de determinadas espesuras discursivas, de diferentes objetos de análisis. Así, en Las palabras y las cosas, por ejemplo, estudia de esta manera cómo se constituyeron, entre el siglo XVII y el XIX, los saberes de la vida, del lenguaje y del trabajo, o sea, la biología, la lingüística y la economía política. Analizó, además, el surgimiento en la cultura europea de las ciencias sociales a partir de determinadas prácticas sociales y discursivas. Desde 1969 y hasta principios de los ’80 se desplegó la segunda etapa de su pensamiento, que se conoció como “genealógica”.

UNA HUELLA EN LA ARENA QUE BORRA LA SUBIDA DE LA MAREA

Foucault tomó de Nietzsche la idea de la genealogía, de que debemos buscar ese desenvolvimiento que nos indique de dónde venimos. Para él la historia es importante, pero también lo es la ontología histórica. Es decir, la historia de lo que somos, de aquello en lo que nos hemos transformado, en lo que nos vamos transformando. Esa genealogía es lo que él estudia a lo largo de su obra: la idea de hombre tiene su propia genealogía y posee también su propio final. Se puede hablar, pues, de una muerte del hombre, que finalmente, dice Foucault, puede ser “como una huella en la arena que borra la subida de la marea”, porque esa idea, que rige las llamadas “ciencias humanas”, también ha tenido su desenvolvimiento aunque creamos que es algo que va a estar ahí para siempre. La ontología histórica de nosotros mismos, que es lo que pretende hacer Foucault, muestra en nuestra vinculación con el campo de la verdad cómo nos constituimos en sujetos de conocimiento en cada una de las épocas, a través de qué temas, de qué ciencias, de qué marcos de programas de conocimiento. Cómo nos convertimos en sujeto de conocimiento a lo largo de las épocas. No es lo mismo la época clásica que la decimonónica o que la nuestra. Cuál es la genealogía por la que vamos convirtiéndonos en este sujeto de conocimiento que somos hoy y hasta qué punto somos deudores de lo que hemos sido. En el campo del poder, cómo nos convertimos en sujeto de esa acción que influye y que controla a los demás, cómo se va desarrollando esa figura del sujeto de la acción sobre los otros, y de la misma manera tenemos que explicamos cómo se ha llegado a las fórmulas de poder actuales. Y, en último término, también hay una pregunta sobre la ontología histórica de nuestra moral, de cómo nos hemos convertido en sujetos morales, cómo hemos llegado a tener esa voluntad de cuidado por nosotros mismos, esa preocupación por nosotros mismos que lleva a la figura moral. Ésos son los tres campos que va a estudiar a lo largo de toda su obra Foucault: a) sujetos de conocimiento, o sea, sujetos epistemológicos; b) sujetos de acción, o sea, sujetos de poder; y c) sujetos morales, o sea, sujetos de voluntad de cuidado de sí.

BUCEANDO EN EL GRAN ARCHIVO DE LA HISTORIA

Foucault trabaja con materiales históricos como archivos, documentos, legajos y estadísticas. Y desde allí analiza épocas, instituciones y normas, y se interesa por averiguar cómo ellas modifican y constituyen a los individuos que viven en determinadas sociedades. Así, las individualidades están siempre constituidas por formas culturales que tienen que ver con modos de conocimiento, de imaginación, de producción de discursos, que inciden en los individuos, pero siempre de forma histórica. No se trata sólo de dudar de los objetos de nuestro conocimiento, sino que hay que poner en tela de juicio al sujeto mismo, del que es necesario eliminar todo rastro de trascendencia, para poder considerar las múltiples perspectivas que combaten en cada caso, en cada experiencia. Si en las obras del período arqueológico el problema de las verdades se encontraba en primer término, luego, en el período genealógico, la reflexión sobre el poder pasó a ser lo prioritario. Tal preocupación no es ajena a las circunstancias vividas en 1968 durante las jornadas conocidas como “el Mayo francés”. Este período coincidió con su nombramiento al frente de la cátedra de Historia de los sistemas de pensamiento en el Collége de France. A esta etapa genealógica pertenecieron, entre numerosos escritos, los libros ¿Qué es un autor?, El orden del discurso, Vigilar y castigar y La voluntad de saber, primera parte, este último, de una programada Historia de la sexualidad. En estos textos frondosos y atractivos Foucault piensa el poder como una trama extendida a través de toda la sociedad. No se trata, pues, de la imagen simplista de unos que detentan el poder y otros que lo sufren. Sino que el poder nos involucra a todos y que, si bien hay zonas de la red más densas y zonas más tenues, nadie es ajeno a esa trama. De modo que siempre es posible tensar la red en algún punto y hacer temblar toda la estructura. Esta reflexión de Foucault sobre el poder lo condujo a pensar la modernidad como el intento de constituir una sociedad disciplinaria mediante tecnologías de control y constitución de identidades. El poder no apareció, entonces, como una mera fuerza de represión, sino también como posibilidad de realización.

LA SOCIEDAD Y EL PODER

Foucault expresó, en el marco de una serie de conferencias de la Universidad de Stanford” dadas en 1979 y que luego fueron publicadas bajo el título de Omnes et singulatim, que “Nuestra civilización ha desarrollado el sistema de saber más complejo, las estructuras de poder más sofisticadas: ¿qué ha hecho de nosotros esa forma de conocimiento, ese tipo de poder? ¿De qué manera esas experiencias fundamentales que son la locura, el sufrimiento, la muerte, el crimen, el deseo y la individualidad están ligadas, incluso aunque no tengamos conciencia de ello, al conocimiento y al poder?”. Y añadía a continuación, con desesperanza lúcida y militante: “Estoy seguro de que no encontraré nunca la respuesta, pero eso no quiere decir que debamos renunciar a plantear la pregunta”. La imagen de las tramas de poder que atraviesan toda la sociedad, por otra parte, abrió la perspectiva de las micropolíticas. ¿Qué son las micropolíticas? Son acciones que surgen desde las prácticas sociales mismas, que son comunitarias, que excluyen tanto la idea de una vanguardia iluminada que intenta imponer su ideología como la de una receta a aplicar a la totalidad del fenómeno social. De lo que se trata es, pues, de buscar un tipo de militancia que encare necesidades y problemas concretos sin enamorarse del poder o de la lucha por el poder, porque lo importante no es intentar conquistar el poder sino establecer la pura posibilidad de la resistencia. En este sentido, un ejemplo de micropolítica la constituyó la militancia del propio Foucault, a partir de 1969, en el Grupo de Información sobre las Prisiones. Se puso allí al servicio de los frentes de resistencia carcelarios, que denunciaban las condiciones inhumanas del régimen penitenciario francés, y lo hizo no como un guía, sino como alguien que simplemente participaba de las luchas que otros habían emprendido. A lo largo de los siglos, parecía que la filosofía tenía ya determinados sus temas: respecto del conocimiento, respecto del alma, del cuerpo, respecto de la experiencia, de la justicia o de las grandes ideas. Pero había cuestiones que no aparecían nunca en esos campos. Por ejemplo, un manicomio y sus habitantes, los enfermos en un hospital, los presos en la cárcel. Ésos eran temas que nunca se introducían en el campo filosófico, quedaban simplemente de lado. Solamente un irregular de la filosofía como Schopenhauer habló de la locura o también de la pena de muerte. Parecía que estas cuestiones eran demasiado terrenas y sin jerarquía para preocupar a los filósofos que están sumidos en pensamientos muy elevados. Foucault pone estos temas encima de la mesa y describe su funcionamiento. ¿Cómo funciona el manicomio? ¿Cómo funciona el hospital o la cárcel? Las respuestas, curiosamente o no tanto, entroncan perfectamente con la historia de la filosofía. Foucault dice que la civilización occidental empezó, a partir de cierto momento, a desplegar políticas de exclusión -la exclusión del loco, la del delincuente, la del enfermo- y a desarrollar instituciones para efectivizar esas políticas -el manicomio, el hospital, la cárcel-. Foucault insiste sobre la idea de que lo importante de estas instituciones y sus políticas no eran los individuos afectados, sino la justificación de las exclusiones, que constituyen a la sociedad como su otro: nosotros -los que no estamos encerrados en esas instituciones- somos, así, los cuerdos, los honestos, los sanos; es decir, los normales. Se constituye así, perversamente, una identidad social. Foucault asegura que de esta manera se va desplegando un sistema de control social, y describe cómo se va haciendo más necesario y más represivo. Y cómo vamos todos a convertimos de alguna manera en cómplices y en soportes de ese control social que se expresa privilegiadamente en esas instituciones de las que estoy hablando. La obra de Foucault reflexiona sobre la clausura y sus usos disciplinarios: manicomio, cárcel, cuartel, hospital, fábrica y -¿por qué no?- universidad, o al menos escuela … Lugares en los que se entra para ser clasificado, vigilado, medido, normalizado, curado, reprendido, formado, conformado, evaluado, reformado, castigado, convertido en miembro forzoso o aquiescente de una institución racionalmente codificada. Esta consideración de una obra suficientemente vasta, pese a la temprana muerte de su autor, y quizá más compleja que lo aparente, es sin duda reduccionista, pero no del todo injusta: responde a la demanda práctica de para qué nos sirve el pensamiento foucaultiano. Tal demanda tiene una orientación decididamente política, que quizás estuviese completamente desplazada en el caso de otros pensadores voluntariamente desligados de las luchas del presente, pero que resulta muy justificable respecto de alguien que no sólo no renunció a ellas, sino que nunca quiso separar su empeño teórico del más concreto litigio histórico. Foucault alentó a sus lectores a un uso sublevatorio de su obra y es lógico que muchos de ellos sólo recuerden lo que fascina como más evidentemente referido a la denuncia de los mecanismos represivos establecidos. De cárceles, manicomios o cuarteles se había hablado hasta entonces muy poco en filosofía; de la inscripción disciplinaria que sufre el cuerpo en la sociedad moderna, en nombre de una racionalidad organizativa, todavía menos.

CALIFICAR, CLASIFICAR Y CASTIGAR

Foucault analiza la escuela como una de las instituciones de las que dispone la sociedad normalizadora y vigilante. Es allí donde se reproducen sus estructuras, y lo hace mediante ciertas técnicas disciplinarias, entre ellas, el examen. Para Foucault, “El examen combina las técnicas de las jerarquías que vigilan y la de la sanción que normaliza. Es una mirada normalizadora, una vigilancia que permite calificar, clasificar y castigar. Establece sobre los individuos una visibilidad a través de la cual se los diferencia y se los sanciona. A esto se debe que, de todos los dispositivos de disciplina, el examen se halle altamente ritualizado. En él vienen a unirse la ceremonia del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el establecimiento de la verdad … “. Luego agrega que “de la misma manera, la escuela pasa a ser una especie de aparato de examen ininterrumpido que acompaña en toda su longitud la operación de la enseñanza. Se trata en ella cada vez menos de esos torneos en los que los alumnos confrontaban sus fuerzas y cada vez más de una comparación perpetua de cada cual con todos, que permite a la vez medir y sancionar. .. [ … ] El examen no se limita a sancionar un aprendizaje; es uno de sus factores permanentes, subyacentes, según un ritual de poder constantemente prorrogado. Ahora bien, el examen permite al maestro, a la par que transmitir su saber, establecer sobre sus discípulos todo un campo de conocimientos. Mientras que la prueba por la cual se terminaba un aprendizaje en la tradición corporativa validaba una actitud adquirida -la “obra maestra” autentificaba una transmisión de saber ya hecha-, el examen, en la escuela, crea un verdadero y constante intercambio de saberes: garantiza el paso de los conocimientos del maestro al discípulo, pero toma del discípulo un saber destinado y reservado al maestro. La escuela pasa a ser el lugar de la oración y de la pedagogía”.

EL SIDA COMO FINAL

A principios de los años ’80 Foucault inició la tercera etapa de su vida filosófica: el período llamado “ético”, que pretende pensar la constitución del sujeto ético, político y estético en el análisis de ciertas prácticas subjetivantes, de ciertas miradas sobre sí, mediante las que el individuo se relaciona consigo mismo. A esta etapa pertenecerán el segundo y el tercer volumen de su Historia de la sexualidad, titulados El uso de los placeres y El cuidado (o la inquietud) de sí. En realidad, la obra estaba prevista en cuatro volúmenes, pero el cuarto no llegó a publicarse. En esta época, Foucault comienza a reflexionar de modo muy particular sobre la ética. Su pregunta es entonces cómo me constituyo como sujeto ético, como agente moral. Los escritos de Foucault han tenido un enorme impacto sobre la filosofía y las ciencias sociales. Sus críticas de las instituciones sociales, tales como la psiquiatría, la medicina y el sistema penal, así como sus ideas sobre la sexualidad, el poder y el saber han sido ampliamente discutidas y aplicadas. En particular, llamó la atención sobre las construcciones sociales de las identidades, o sea, los modos de subjetivación, que siguen siendo ejes del debate social y político contemporáneo. Pensador contemporáneo por excelencia, tuvo una de las muertes más contemporáneas posibles. Murió portando el virus de inmunodeficiencia adquirida el 25 de junio de 1984. Fue una de las primeras víctimas conocidas de la enfermedad. Insisto, su impronta en el siglo XX es grande. Naturalmente, hoy se ponen en cuestión muchos de sus análisis, incluso la profesionalidad con los que los realiza. ¿Era un verdadero historiador o un verdadero sociólogo? Pero, sin duda, abrió en todos esos campos vías importantes, y además queda su brillantez intelectual. Queda su estilo y queda también esa especie de empuje elegante que tenía en todo lo que hacía y que yo creo que va a darle perduración más allá de que hoy se disputan tales o cuales de sus logros. Incluso me gustaría arriesgar que, siendo una figura muy nueva, va a dar lugar a un tipo de filósofo nuevo. De hecho, probablemente los pensadores académicos sean algo incompatible con nuestros días y el filósofo no es una figura que está ahí, sino que es una persona que evoluciona con el tiempo porque tiene que pensar la realidad actual. El filósofo no está para pensar siempre lo que pasó, sino para pensar lo que está pasando y lo que va a pasar. Y esa figura entonces debe irremediablemente adaptarse a esa transformación y a ese cambio de los tiempos.

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